Desde el mundo árabe hasta el mundo occidental, el
descontento de los ciudadanos ha estallado.
El estallido se inició en el 2011 con las revueltas cívicas
en Túnez y Egipto y le siguió la “Spanish revolution” del Movimiento 15-M. Ambas
formas innovadoras de respuesta que buscan caminos nuevos, aunque los objetivos
perseguidos son distintos.
Las revueltas árabes son la punta de lanza de una presión
desde abajo para democratizar esas sociedades, revoluciones democráticas que
previsiblemente buscarán implantar un sistema político liberalizado que
responda a las ansias de justicia social de la población. En el caso español,
el movimiento quiere, ante todo, acabar con determinadas formas inaceptables
que se han instalado en las “infra-democracias” occidentales, donde, en muchos
casos, el Estado se confunde con el mercado.
Sin embargo tienen algo común, son la respuesta indignada que
estalla cuando un determinado régimen político y social traspasa las líneas
fundamentales que garantizan un contrato social elemental.
Estos movimientos articulan acciones de masas auto-organizadas
en vínculos organizativos débiles, representando a los que carecen de voz e introduciendo
elementos de moralidad política que se han ido perdiendo en las democracias.
La irrupción de las nuevas tecnologías en nuestras vidas ha
ayudado, ya que, mientras los medios de comunicación tradicionales están
estructurados unidireccionalmente (de arriba abajo), internet tiene una estructura
reticular, descentralizada y global.
Los medios de comunicación y las personas están tejiendo una
red interconectada, compleja y difícil de desactivar, al estar formada por
millones de nodos, tantos como individuos conectados y activos componen esa
red. Estos movimientos cuando ocurren son televisados, twitteados, narrados,
posteados, fotografiados, mapeados… en tiempo real.
Fuentes:
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