En los últimos años, la globalización
ha cambiado sustancialmente las pautas políticas, económicas y sociales. La intensificación
de las interconexiones globales ha provocado, por un lado, integración, homogeneización
y mundialización y, por otro, fragmentación, diversificación, y localización.
La globalización produce consecuencias múltiples; de nuevas posibilidades de
creatividad en ciertos entornos, a temores, incertidumbres y miedos en otros.
La apertura hacia el mundo provoca,
a su vez, un cierre en el seno del individuo, de los grupos sociales o
culturales. Esta fragmentación está provocando el debilitamiento estatal y la fractura
de la sociedad, apareciendo demandas identitarias basadas en la etnicidad, una
cosmovisión religiosa, o el simple el despertar de nacionalismos aletargados.
La globalización crea
consecuencias positivas o negativas a nivel económico, político o social tanto
en la sociedad en su conjunto como en sus componentes. Este nuevo mundo por el
que recorren multitud de voces,
discursos, prácticas y experiencias, la voz del Estado nacional es la
que más se debilita. Este Estado que representa el “nosotros”, y cuya
voz se pierde en un bosque de voces, de palabras y de ruidos, ya no otorga una
confianza total. El poder del Estado nacional ya no es tal. Este ha cedido
parte de él a las comunidades que lo integran en forma de cesión de ciertas
atribuciones, y otra parte a una estructura mayor (en nuestro caso Europa),
perdiendo el protagonimo en la toma de decisiones acerca de asuntos que anteriormente
eran considerados básicos para el funcionamiento del Estado como unidad
política
El nacionalismo, entonces,
puede empezar a actuar aprovechando el sentimiento general de inseguridad
provocado por un mundo tan cambiante,
donde la sensación es de “desterritorialización”.
La opción nacionalista ofrece al
ciudadano algo a lo que agarrarse, la pertenencia a un pueblo, con una
tradición donde apoyarse para entender este nuevo mundo. Ofrece la vuelta a los
“modos de vida tradicionales”, recuperado, descubriendo o fomentando los
idiomas autóctonos y las tradiciones populares (fiestas, deportes, música,
gastronomía…), muchas veces como símbolos que recuerdan la originalidad propia
de cada pueblo. Esto hace que alrededor lo social, lo cultural y lo político se
agrupen numerosos colectivos buscando su propia identidad.
Por tanto, mientras que la
globalización aparece como proceso dominante en la sociedad actual, a la vez se
está configurando la dinámica opuesta, la “localización”. Aunque la
reafirmación de lo local no tiene porque estar reñida con la asimilación de
algunas características de lo global.
La opción nacionalista, por
si, no tendría porque ser una mala opción. Se convierte en una opción negativa
cuando la defensa de lo propio supone el desprecio de lo ajeno. Identidad y convivencia
no tienen porque ser contrarios. Lo fundamental es que las relaciones entre los
distintos grupos se basen en la integración, la concordia y el respeto.
Webquest que se pueden hacer:
La globalización
Cultura y diversidad cultural
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