martes, 21 de mayo de 2013

YO o el OTRO ¿por qué no TODOS?



La identidad es un elemento indispensable en la construcción de los nacionalismos. Algo imprescindible para ello es que el individuo, o actor colectivo, tome como referente al Otro, pues de otra manera difícilmente podrá construir su identidad. Se necesita ver al Otro como un elemento ajeno a lo propio, es necesario que exista el Yo y el Otro.

Los individuos, como miembros de una colectividad, pero también como sujetos individuales y autónomos, pueden, y de hecho lo hacen, identificarse en ocasiones tomando como referente la cultura o, en otras ocasiones, la nación o la religión.
De esta manera, cada individuo, elabora su propia observación hacia el Otro, y analiza las interacciones surgidas de las percepciones desde su Yo hacia el Otro y desde el Otro a su Yo, de manera que analiza las implicaciones derivadas de su observación.
El meterse en ese mundo de internalización y externalización hace aparecer en escena una defensa activa del sistema y el que se despliegue un ligero proceso de control ante los posibles devaneos excluyentes (bien de grupos internos, del estado o incluso de agentes externos) de la estructura social.
De esta forma la identificación con su grupo de referencia desencadena un sentimiento muy fuerte de identificación que cohesiona la estructura social, construyendo un muro de contención que impide la disociación interna o la agresión externa, y donde se ensalzan los valores, costumbres, hábitos,…

Está claro que la desvalorización del Otro lleva a la construcción de identidades sociales excluyentes, las cuales se asumen normalmente como víctimas de un proceso de cambio sociocultural que las amenaza, poniendo en peligro su integridad.

La ambigüedad del nacionalismo hace que ese sentimiento identitario sea a la vez  movimiento popular y  base para legitimar el “Estado-nación”, ideología de “liberación” a la vez que discurso para la defensa y afirmación de la identidad supuestamente agredida por la política del Estado.
El empeño del Estado por promover la unidad político-cultural genera igualmente procedimientos de inclusión-exclusión de los individuos, pueblos y culturas, institucionalizando formas de discriminación.

El nacionalismo, tanto el regional como el estatal, en su búsqueda de la “pureza cultural” suele provocar la marginación. Si se convierte en radical no acepta otro vínculo del individuo con el grupo que el de la adhesión emotiva e incondicional.

Es necesario encontrar un espacio donde las diferencias sean posibles, donde la igualdad sea la formalidad necesaria para que la heterogeneidad emerja. No se trataría de negar la pertenencia sino edificarla sobre nuevas bases. Es necesario que construyamos la identidad de otra manera.

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