La identidad es un elemento
indispensable en la construcción de los nacionalismos. Algo imprescindible para
ello es que el individuo, o actor colectivo, tome como referente al Otro, pues
de otra manera difícilmente podrá construir su identidad. Se necesita ver al Otro
como un elemento ajeno a lo propio, es necesario que exista el Yo y el Otro.
Los individuos, como
miembros de una colectividad, pero también como sujetos individuales y
autónomos, pueden, y de hecho lo hacen, identificarse en ocasiones tomando como
referente la cultura o, en otras ocasiones, la nación o la religión.
De esta manera, cada
individuo, elabora su propia observación hacia el Otro, y analiza las interacciones
surgidas de las percepciones desde su Yo hacia el Otro y desde el Otro a su Yo,
de manera que analiza las implicaciones derivadas de su observación.
El meterse en ese mundo de
internalización y externalización hace aparecer en escena una defensa activa
del sistema y el que se despliegue un ligero proceso de control ante los
posibles devaneos excluyentes (bien de grupos internos, del estado o incluso de
agentes externos) de la estructura social.
De esta forma la
identificación con su grupo de referencia desencadena un sentimiento muy fuerte
de identificación que cohesiona la estructura social, construyendo un muro de
contención que impide la disociación interna o la agresión externa, y donde se ensalzan
los valores, costumbres, hábitos,…
Está claro que la desvalorización
del Otro lleva a la construcción de identidades sociales excluyentes, las
cuales se asumen normalmente como víctimas de un proceso de cambio
sociocultural que las amenaza, poniendo en peligro su integridad.
La ambigüedad del
nacionalismo hace que ese sentimiento identitario sea a la vez movimiento
popular y base para legitimar el “Estado-nación”,
ideología de “liberación” a la vez que discurso para la defensa y afirmación de
la identidad supuestamente agredida por la política del Estado.
El empeño del Estado por
promover la unidad político-cultural genera igualmente procedimientos de
inclusión-exclusión de los individuos, pueblos y culturas, institucionalizando
formas de discriminación.
El nacionalismo, tanto el regional
como el estatal, en su búsqueda de la “pureza cultural” suele provocar la
marginación. Si se convierte en radical no acepta otro vínculo del individuo
con el grupo que el de la adhesión emotiva e incondicional.
Es necesario encontrar un
espacio donde las diferencias sean posibles, donde la igualdad sea la
formalidad necesaria para que la heterogeneidad emerja. No se trataría de negar
la pertenencia sino edificarla sobre nuevas bases. Es necesario que construyamos
la identidad de otra manera.

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